Cómo fue pasar un día entero con los mongoles

Nunca pensé que iría a Mongolia antes de cumplir los treinta. En realidad, nunca pensé que iría en la vida. Pero una amistad y mi afición por la fotografía me encontraron sumándome a una aventura que resultó ser un recorrido experiencial y visual como ningún otro. Un viaje donde aprendí en primera persona que Mongolia era más que una tierra lejana sinónimo del famoso desierto de Gobi. Es el país de una mayoría nómada que aún guarda costumbres de antaño y que sobrevivió con fortaleza a una historia cruda y climas extremos.

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Un pequeño altar religioso dentro de un ger. Foto: Sofía Edelstein

Atrapada hoy entre dos gigantes comunistas, Mongolia supo ser alguna vez feroz emperadora oriental, allá por el siglo XIII. La expansión arrolladora de los mongoles sucedió de la mano de Genghis Khan, el héroe nacional, que con tan solo 25 años unificó a las tribus nómadas y las dirigió bajo su mando en la conquista de Asia y la Rusia europea. Pero la historia daría una vuelta inesperada: Mongolia caería bajo los chinos y luego, tras independizarse, adoptaría el sistema comunista por el que sería conocida como un estado satélite de la Unión Soviética.

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Foto: Sofía Edelstein

Esto explica en gran parte la arquitectura que encontré en Ulan Bator, donde reside un tercio de la población mongola. Setenta años de gobierno socialista perduraban aún en edificios grises, como bloques de concreto, sin sentido estético u ornamental alguno. Vi chimeneas humeantes, fábricas de cuero y cashmere, carteles en cirílico y autos con volantes a la derecha y a la izquierda.

Vi algunas casitas bajas de colores, templos budistas y palacios imperiales. Pero más allá de esta postal urbana, el 70% del territorio de Mongolia es estepa. Y es ahí adonde los nómadas viven, y ahí adonde me dirigí.

Llegué al campamento

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Las puertas de los ger son coloridas y miran siempre al sur. Foto: Sofía Edelstein

Ya desde la ventana del ómnibus divisé las peculiares carpas blancas con forma circular que se agrupaban a unos 500 metros de la ruta, en medio del verde. Nunca había visto algo igual, ni parecido. Las llaman “ger” –se pronuncian “guer” -, y son livianas y rápidas de armar para hacer más fácil la tarea de transportarlas de un lugar a otro.

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Foto: Sofía Edelstein

Nos bajamos y empezamos a caminar hacia el campamento. A lo lejos vimos cómo un grupo de mongoles montados en caballos y yaks se acercaban en fila a recibirnos. Los colores de sus túnicas y vestidos brillaban con el sol, del que se protegían con sombreros puntiagudos típicos de su cultura.

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El té salado, una bebida típica entre los mongoles nómadas. Foto: Sofía Edelstein

Esta especie de batas son ceñidas y mullidas para hacer frente a los inviernos, pero lejos de ser meramente funcionales, no censuran la elegancia innata de los mongoles: colores vivos, que reflejan la paleta de la naturaleza, e incrustaciones decoran los atuendos tanto de hombres como de mujeres.

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Foto: Sofía Edelstein

Los animales cumplen una función esencial en la vida del mongol nómada, ya sea para carga, alimento como leche y carne, cueros, lana y combustible en forma de bosta. Los más comunes son el caballo, el camello, la oveja, la cabra y el yak, cuya leche emplean para elaborar quesos que preparan dentro de los ger y secan al sol. Las necesidades de sus animales los llevan a moverse en busca de pasturas, a caballo, y montando y desmontando sus tiendas. Su estilo de vida es el mismo que el de sus antepasados, con muy pocos cambios modernos, como la adopción de paneles solares o antenas parabólicas.

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Foto: Sofía Edelstein

Después de la bienvenida montada nos acercamos al asentamiento. El paisaje alrededor transmitía una paz y una pureza solo resultante de una naturaleza inmaculada. Estar ahí, entre gentes tan distintas, en un rincón tan remoto en el mundo, me produjo un nudo interno de fascinación y gratitud simultáneas: poder ser testigo de una cultura tan lejana a la propia es un privilegio y aprendizaje únicos.

Conocí un ger por dentro

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Foto: Belén Miguens

Entré a un ger, y lo primero que me recibió fue el olor intenso a leche cuajada de yak. El interior es de madera y cubierto de fieltro hecho de lana de oveja, que sirve como aislante. Los muebles son coloridos y con motivos geométricos, a veces pintados con representaciones de animales o símbolos religiosos. En el centro hay una estufa para cocinar y mantener el fuego en invierno, ubicado exactamente bajo el anillo del techo cuya apertura permite la entrada de luz y la salida del humo. Todas las tiendas tienen pequeños altares, uno familiar y otro religioso, con imágenes y objetos venerados.

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Queso de yak secándose al sol. Foto: Sofía Edelstein

Afuera los mongoles trabajaban en la construcción de otro ger, otros vigilaban el corral de las ovejas y las cabras, y más allá algunos jugaban con shagai, es decir, con los huesos del tobillo de ovejas, que arrojan con la fuerza del dedo índice lo más lejos posible. Utilizan estas piezas en distintos juegos, a veces como dados o canicas.

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Juegos con shagai, las piezas de hueso de oveja. Foto: Belén Miguens

Al lado de la diversión, un grupo de mujeres y niños trabajaban la lana cantando. La guía explicó que, luego de esquilar las ovejas, se golpea la lana con varas durante varias horas, hasta un día, con el fin de ablandar y unir los hilos. Luego se enrolla en un cilindro y es arrastrada por el campo a caballo. Este fieltro se usa para cubrir los ger, elaborar alfombras o confeccionar ropa.

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La lana en proceso de convertirse en fieltro. Foto: Sofía Edelstein

Descubrir los detalles que hacen la vida cotidiana del mongol nómada va a ser para siempre uno de los recuerdos más memorables, más fascinantes y enriquecedores que voy a guardar. El mundo puede parecer pequeño, pero una experiencia como esta lo convierte en un lugar inmenso donde las posibilidades son tan infinitas como los granos de arena de Gobi.

Qué aprendí

Descubrir los detalles de la vida cotidiana del mongol nómada va a ser para siempre una de las experiencias más memorables, fascinantes y enriquecedoras que voy a guardar. Reaprendí, a través de ellos, que lo esencial está en las pequeñas cosas, que en el silencio de la tecnología y la vorágine urbana que marcan nuestros días, el ser humano solo crece en contacto con los suyos y la naturaleza. Todo lo demás es ruido.

[Nota publicada en Revista OHLALÁ! el 19 de diciembre de 2018.]

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